
Johnny llegó un día a una capilla buscando un lugar seguro. Estaba delgado, cansado y sin hogar, hasta que un padre lo encontró en la entrada del templo y decidió ayudarlo con comida, agua y cariño.
Con el paso de los días, el perrito comenzó a acompañarlo en sus actividades y hasta se quedaba tranquilo durante las misas, caminando entre los bancos como si entendiera que ahí también era bienvenido.
Al ver lo querido que se volvió entre los feligreses, el padre le hizo una pequeña túnica roja y blanca.
Desde entonces, Johnny es conocido como el “perrito monaguillo”

