
Regresó a casa con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Entre sus brazos llevaba un saco que se movía… y adentro, un pequeño gato que ahora tenía hogar.
Su mamá se sorprendió al verlo tan feliz. No hubo discursos largos ni explicaciones complicadas. Para él era simple: el gatito necesitaba cuidado… y él quería dárselo.
A veces la bondad no se aprende en libros, se nota en los pequeños actos.
Y cuando un niño decide proteger a un animal indefenso, habla de un corazón enorme.
